miércoles, 21 de enero de 2009

Repudio a Bush y promesa al mundo

El discurso inaugural de Barack Obama representó un franco repudio a los años de George Bush y las certezas ideológicas que los rodearon, envuelto en un compromiso de llevar a Estados Unidos a “una nueva era” recuperando los valores de una más vieja.

Fue una tarea delicada, con Bush y el ex vicepresidente, Dick Cheney, sentados a unos metros mientras Obama describía los falsos dilemas y los caminos nunca emprendidos. Literalmente, Obama no culpó a nadie más que al país mismo: “nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles” y la disposición a olvidar ideales nacionales “por simple oportunismo”.

Sin embargo, desde 1933 ningún nuevo presidente había rechazado tan públicamente la esencia del rumbo de su antecesor. Obama, empero, fue mucho menos específico sobre cómo combinaría su visión y su pasión por el pragmatismo en las soluciones que se necesitan con tanta urgencia.

Cada vez que Obama instó a los estadounidenses a “elegir lo mejor de nuestra historia” para tomar decisiones de acuerdo con la ciencia en lugar de la ideología; a rechazar la “falsa disyuntiva” entre la seguridad y los ideales estadounidenses; a reconocer que el poder militar estadounidense “no nos da derecho a hacer lo que queremos”, anunció un compromiso con el pragmatismo no sólo como estrategia de gobierno, sino como valor básico.

Fue, de muchas maneras, exactamente lo que uno podía haber esperado de un hombre que se impulsó a sí mismo al puesto más alto denunciando que un exceso de celo ideológico se había apoderado de la nación. Pero lo que sorprendió del discurso de Obama fue su insistencia en las decisiones que enfrenta Estados Unidos en este momento de la historia, más que en la trascendencia de su arribo a la presidencia.

Al igual que durante su campaña, apenas mencionó su raza en sus primeros momentos como presidente número 44 de Estados Unidos. No tenía que hacerlo; el escenario lo dijo todo.

En cambio, habló, con ecos de Churchill, de los desafíos de asumir el mando de una nación acosada por lo que llamó “nubarrones que se amontonan y tormentas furiosas”. Y, estudioso de los discursos inaugurales del pasado, sabía lo que necesitaba. Tenía que evocar el llamado a la unidad pronunciado por Lincoln en su segunda asunción en 1865. Tenía que infundir el sentido de optimismo y paciencia que resonó en el primer discurso inaugural de Franklin Delano Roosevelt en 1933, cuando la nación enfrentaba los peores momentos de la Gran Depresión.

Y, finalmente, tenía que recordar la combinación de inspiración nacional y resolución absoluta que John F. Kennedy transmitió desde el mismo lugar, seis meses antes de que Obama naciera.

No obstante, su aparición en la escalinata del Capitolo fue tan histórica que el discurso se volvió más importante que su propio idioma, más imbuido de trascendencia que cualquier cosa que pudiera decir.

Y sin embargo lo que sí dijo debe haber provocado algo de conmoción en Bush, que sabía que sus políticas son ampliamente criticadas, pero rara vez en los últimos ocho años tuvo que escuchar, sentado en silencio, un discurso sobre cómo Estados Unidos había tomado una desviación trágica.

Ahí estaba Obama, culpando de las penurias económicas a una era de “codicia e irresponsabilidad de parte de algunos”, y señalando que “la forma en que usamos la energía fortalece a nuestros adversarios y amenaza a nuestro planeta”.

Al referirse a la política exterior de Estados Unidos, destacó que la guerra fría se ganó “no sólo con misiles y tanques”, sino con líderes que entendieron “que nuestro poder por sí mismo no puede protegernos, ni nos da derecho a hacer lo que queramos”.

Fue un mensaje que gran parte del mundo esperaba escuchar. Pero fue acompañado con una advertencia a los enemigos de Estados Unidos, especialmente a terroristas y países que auspician el terror: “los venceremos”. Es ese equilibrio --la promesa de un Estados Unidos que respeta sus ideales, pero logra la victoria por medio de la fortaleza silenciosa-- lo que pondrá verdaderamente a prueba a la administración de Obama. Es una prueba aún pendiente, pero que empieza desde hoy.

ElUniversal.com.mx